Matelotage o el amor pirata de verdad

25.08.2020

La institución matrimonial entre los piratas de los siglos XVI y XVII. 

Vayamos hacia atrás, a los siglos XVI y XVII. España es una de las principales potencias que obtiene oro, plata y otros metales preciosos de sus colonias americanas, las que transporta en naves hacia Europa. Un botín más que apetecible surcando mares y océanos en lo que era tierra de nadie. A merced de los piratas, capaces de atacar navíos, pueblos y ciudades enteras. Los piratas (no confundir con los corsarios, que atacaban naves españolas y portuguesas a cuenta de un país) solían ser franceses, ingleses y también españoles a cuenta de ellos mismos y de sus ambiciones. Pero la actividad no era nada fácil. En la práctica, significaba que los piratas y sus embarcaciones estaban semanas o meses lejos de cualquier contacto con otros que no fueran los propios tripulantes. 

Decenas de hombres juntos mucho tiempo en alta mar fue la ocasión para que comenzaran los intercambios sexuales. Sin embargo, esto no era mal visto ni mucho menos castigado, aunque sí se buscó una forma de institucionalizarlo. El matelotage (del francés matelot, 'marinero' u 'hombre de mar')​ fue esa institución, similar al matrimonio. Una unión formal y permanente entre dos varones adultos: ambos unían sus vidas, pero también sus propiedades, luchaban juntos y se cuidaban el uno al otro en caso de enfermedad. A veces hasta se expresó a través de un contrato en el que se estipulaba que, en caso de muerte de uno de ellos, su compañero heredaba todos sus bienes. 

Pero no siempre un matelotage implicaba una relación sexual. Hubo casos en los que uno de los piratas también se encontraba casado con una mujer. En esa situación, la esposa podía ser compartida sexualmente con su matelot.

Algunos piratas reconocidos que se encontraban en situación de matelotage fueron Alexandre Olivier Exquemelin, Henry Morgan; los piratas Bartholomew Roberts y John Walden; Robert Culliford y John Swann.

Aunque pareciera que las relaciones entre hombres fueron toleradas y hasta fomentadas, este hecho obedecía más a una necesidad que a un cambio de costumbres. El hecho de que los piratas usaran apodos en vez de sus nombres reales tenía como fin el permanecer anónimos frente a la sociedad europea, ocultando sus actividades pero también preferencias como el matelotage, que sin dudas hubiera sido escandaloso para la época.