Stonewall: el día que nació el orgullo

17.08.2020

Todo comenzó en 1969 en el Stonewall Inn, el bar ubicado en 51 y 53 de Christopher Street, en el Greenwich Village de New York. 

En realidad, era un bar de muy baja calidad, un auténtico antro, controlado por la mafia, como todos los locales que atendían a la clientela homosexual de Nueva York, con bebidas aguadas y caras. El rumor general era claro: "si eras cliente habitual sabías que no convenía pedir nada en vaso".

El bar efectivamente era de Tony Lauria o "Fat Tony", el hijo de un miembro del Clan Genovese, uno de los más importantes de la mafia de Nueva York en los sesenta.

Se supone que el bar le debe su nombre original a la autobiografía de Mary Casal "The Stone Wall", un texto clave de la literatura lésbica de los años treinta. Había sido un restaurante familiar, pero no funcionó. Cuando Tony lo tomó, logró reconvertirlo con poco dinero. Pintó las paredes de negro para que fuera más oscuro, compró dos jukebox y aguó el alcohol para maximizar la ganancia.

Afirman que la misma noche de la apertura se recuperaron los costos. El Stonewall tenía una gran ventaja respecto a los otros bares gay de la ciudad: en él se podía bailar. En la parte de atrás tenía un salón muy oscuro en el que las parejas bailaban abrazadas y podían tener contacto físico. No había DJ: la musicalización corría por cuenta de los jukeboxs.

A quienes concurrían al bar los llamaban los "A-trainers", los que llegaban en el Tren A. En su mayoría eran negros y latinos que arribaban desde Harlem. Los blancos de clase media casi no pisaban el lugar. Al Stonewall iban muchos travestis, trans y drag queens. Era una de los pocos lugares que los aceptaba. 

Las redadas policiales eran frecuentes. Por lo general, los dueños del local eran avisados antes: las ventajas de tener a las fuerzas de la ley cobrando una suma fija todas las semanas. Según David Carter en su libro sobre Stonewall, Fat Tony pagaba 1200 dólares mensuales a modo de protección. Así los policías sólo cumplían una formalidad. Aparentaban cumplir con su deber y sólo ocasionaban leves molestias a los dueños. Decomisaban unas pocas botellas de alcohol (el negocio no contaba con habilitación para vender bebidas alcohólicas), se llevaban los escasos dólares que había en la caja (los allanamientos los realizaban temprano para darles tiempo de recuperar lo perdido en el resto de la noche), y arrestaban a parte del staff y a los hombres que estaban vestidos de mujer.

En ese entonces la homosexualidad estaba prohibida en Estados Unidos; el único estado que no la combatía era Illinois. En esos convulsionados años sesenta junto a los reclamos raciales, feministas y en contra de la Guerra de Vietnam, también surgieron grupos que abogaban -todavía tibiamente- por los derechos de los homosexuales. Pequeñas revueltas y actos de resistencia iban teniendo lugar en todo Estados Unidos pero el camino a transitar era demasiado largo. Era habitual ver en la televisión profesionales de la salud vanagloriarse de poner en práctica en sus consultorios métodos de reconversión, que aseguraban corregían desviaciones (se hablaba de "los desviados") y encausaba al "paciente" en la sexualidad adecuada. Y en el DSM, el manual que diagnostica, califica y cataloga las enfermedades mentales elaborado por la Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos, la homosexualidad era considerada como una de ellas.

Pero en junio de 1969 algo cambió. En principio, para peor: fue trasladado a la ciudad el comisario Seymour Pine, un veterano moralista decidido a enfrentar la corrupción policial. Con autonomía de movimiento empezó a perseguir a los bares que aceptaban homosexuales. Los viejos acuerdos con la policía de la ciudad no corrían más. Ese mes Pine hizo foco en el Stonewall. Noche tras noche realizó procedimientos allí. La mafia actuaba con velocidad y al día siguiente reabría el local como si nada hubiera pasado. El 24 de junio decomisaron las bebidas y arrestaron al staff; el 25 nuevamente arrestaron a los empleados y a todo el que estaba transvestido, además de secuestrar los jukeboxs, la máquina expendedora de cigarrillos y hasta una barra de bar. El viernes 28 poco antes de la medianoche, las luces del Stonewall se volvieron a encender y la música se apagó. Cuatro policías de civil y dos uniformados empezaron a los gritos y pusieron a todos contra la pared. Rápidamente separaron a los que estaban vestidos de mujer. A los demás los pusieron en fila y fueron controlando sus documentos. Los que no tenían identificación o los que tenían una falsa para poder tomar alcohol también eran separados. Pese a que este procedimiento era habitual, esa noche los concurrentes al Stonewall tuvieron menos paciencia que otras veces. Tal vez fuera porque los que iniciaron el procedimiento se habían infiltrado de civil en las horas previas y se sintieron estafados en su confianza. O porque la persecución y las razzias en el Stonewall ya eran demasiado frecuentes.

Algunos empezaron a rebelarse. Hubo empujones, gritos e insultos. Pine, que llegaba en ese momento al lugar, pidió refuerzos. Un carro para trasladar detenidos arribó en pocos minutos. El resto de las unidades policiales solicitadas por el comisario, no. Quizá subestimaron la situación, consideraron que era otro de los procedimientos de rutina; quizá le estaban haciendo pagar a Pine que no respetara sus acuerdos con la mafia y afectara la recaudación paralela. Lo cierto es que los que salían del local, a diferencia de las otras veces, no se escapaban en la oscuridad. Se quedaron en los alrededores, gritando contra la policía, exigiendo por sus derechos, mostrando su indignación. Rápidamente mucha otra gente se sumó. Varios centenares de personas se amontonaban en la vereda frente al Stonewall. Un policía zamarreó del brazo a una travesti y la empujó hacia el carro de detención. Esta giró y le asestó un certero golpe en la cabeza con su cartera. La multitud bramó. Mientras eran llevados los empleados del bar, los manifestantes comenzaron a lanzar monedas de un centavo contra ellos y aplaudían. Una lesbiana, con traje masculino, dio pelea durante casi diez minutos antes de dejarse meter dentro de un patrullero e impedir el arresto.

Según los testigos, ese acto de resistencia fue la gota que derramó el vaso. En ese momento un policía cargó contra la multitud que respondió enfurecida. Latas, botellas, piedras y todo elemento contundente que hubiera a mano empezó a volar contra la policía. La reacción fue inesperada. En pocos minutos decenas de unidades de apoyo llegaron al lugar. Pero también se sumaron, de a cientos, los que protestaban. Alguien sacó de cuajo un parquímetro y lo estrelló primero contra la puerta del local y luego contra el capot de un auto policial. Fue una batalla campal de varias horas de duración que se apaciguó recién cuando amanecía. Decenas de detenidos, vidrieras destrozados, botellas rotas, rastros de sangre seca sobre el pavimento, el parquímetro deshecho y pequeñas fogatas que todavía ardían. Algunos aseguran que quienes en verdad resistieron fueron los A-trainers: los homosexuales blancos de clase media no se hubieran animado.

Al día siguiente, el local reabrió. Y otra vez la policía, el pedido de documentos, los carros policiales en la puerta. La respuesta fue feroz. Cientos de personas apedrearon a los oficiales y se resistieron otra vez. Christopher Street se convirtió en un campo de batalla. El domingo los incidentes continuaron aunque con menos ímpetu. Pero tres días después, el miércoles por la noche, unos graffitis en la pizarra de anuncios de la vidriera del local, indicaba que todo había cambiado: Gay Power, rezaba el más grande. El otro hablaba de prohibición, de corrupción, de mafia y policías.

Comenzaron a circular panfletos que clamaban: "Saquen a la mafia y a los policías de los bares gay". Y otra vez hubo incidentes. Pero la policía ya no podía contener a los manifestantes. Fue la noche de mayor violencia. Los enfrentamientos duraron horas y los destrozos cubrieron varias cuadras.

La noticia llegó a los diarios y se extendió la resistencia todo Estados Unidos. Los homosexuales exigían ser tratados dignamente, dejar de ser perseguidos y que se respetaran sus derechos. Las organizaciones (algunas ya existían) empezaron a crecer y a reproducirse. Las acciones también. Ya nadie se quedaba callado. Un año después, el 28 de junio de 1970, en conmemoración del primer aniversario de la revuelta de Stonewall se llevó a cabo la primera marcha del orgullo gay. De la oscuridad a marchar con orgullo por las calles con la luz del día. Fueron apenas 400 pero al año siguiente ya eran miles. Stonewall cambió para siempre la realidad.

En octubre de 1969, el bar cerró. La mafia consideró que el sitio tenía demasiada notoriedad para las actividades que ellos deseaban desarrollar. Luego de unos años a la deriva, cerró sus puertas. Hace una década reabrió y el bar es un punto de encuentro para todo aquel que desea conocer sobre la historia de las minorías y de las persecuciones. Barack Obama lo declaró Monumento Histórico Nacional.